Afrodisíacos. ¿Mito o realidad?

Por Pecci Saavedra, G.


Todo hace pensar que, poco después de haber sido expulsados del Paraíso, nuestros antepasados, Adán y Eva, comenzaron a sufrir la disminución de su vigor sexual. Las primeras referencias históricas referentes al efecto estimulante de ciertos vegetales sobre el apetito sexual se remontan a las más antiguas escrituras que posee la humanidad.

 

Ya en la Biblia (Antiguo Testamento - Génesis 30: 14 y 15), la mandrágora hace su primera aparición como planta afrodisíaca, cuando Rubens, hijo de Leia, la ofrece a su madre. Raquel sin embargo, se queda con ella y finalmente no está bien aclarado en las escrituras si fue ella o Jacob, quién la consumió. El hecho es que esa noche durmieron juntos y concibieron su quinto hijo.

Aristóteles (500 A.C.) menciona el efecto afrodisíaco de las cantáridas (insectos) e innumerables son las asociaciones de vegetales y productos animales con efectos estimulantes sobre el deseo sexual, en el folklore popular. Desde el punto de vista científico, sin embargo, la confusión es total, comenzando por el origen de la palabra, todo hace entender que tendría sus raíces en la denominación dada por los griegos a la Diosa del Amor, Afrodita, más tarde asimilada a la Venus de los romanos, que habría nacido de la espuma del mar (Aphros).

 

Desde el descubrimiento de América muchas sustancias de origen vegetal fueron encontradas en el Nuevo Mundo, y se siguen descubriendo actualmente, principalmente en la floresta amazónica, rico e inagotable manantial del planeta, hasta la llegada del hombre. Muchas de estas sustancias fueron incorporadas a la medicina como por ejemplo la morfina, la atropina, la reserpina, el curare y la nicotina entre otras, a partir de los relatos del uso popular.

 

Visitando el Brasil en 1824, el naturalista alemán Martius descubrió que los indígenas utilizaban la selva como farmacia. Los hechiceros poseían hierbas medicinales para aumentar el deseo y la actividad sexual de su tribu o para disminuirlo (efecto anafrodisíaco) como "brujería" contra sus enemigos, con el objetivo de reducir la procreación de sus adversarios. Las observaciones antiguas eran primitivas, confundiendo rituales mágicos con observaciones empíricas. Si la raíz de una planta se asemejaba a los genitales, ésta tendría efecto afrodisíaco; si se asemejaba a una serpiente, tendría utilidad contra los ataques de los ofidios, etc. Era la doctrina de las semejanzas.

 

A partir del Renacimiento comienza a predominar el conocimiento científico en la mente humana, separándose más nítidamente la medicina de la religión, de la magia y de la brujería. Investigaciones posteriores apoyadas por la bioquímica y la farmacología comenzaron a aclarar y dar valor científico a ciertas observaciones del conocimiento popular, dando lugar a la aparición y permanencia, de una amplia gama de medicamentos, algunos usados hasta hoy, como ciertos antihipertensivos, anticoagulantes y otros.

En el campo de los estimulantes del apetito sexual, debemos decir que, científicamente, un afrodisíaco debería ser un medicamento que provocase aumento del deseo y desempeño sexual, que sea seguro (desprovisto de efectos colaterales), selectivo (que actúe solo sobre el deseo y desempeño sexual) y cuyo efecto esté relacionado con la dosis empleada.

 

La sustancia que más se aproxima a esta definición es la Yohimbina, usada con este fin desde hace varios siglos. Está presente en la naturaleza en la corteza de árboles africanos y plantas amazónicas, de donde el saber popular descubrió sus efectos. En 1958 fue sintetizada en el laboratorio y hoy forma parte de varios medicamentos encontrados en el mercado. Su uso en el ser humano debe ser sin embargo, indicado y controlado por el especialista, ya que no está desprovista de efectos colaterales. Puede eventualmente, provocar nerviosismo, temblores, aumentos de la presión arterial y convulsiones, entre otros. El ajuste de la dosis debe ser individual (diferente para cada paciente).

 

La asociación del fármaco con otros estimulantes del sistema nervioso como la estricnina, hace esta combinación especialmente peligrosa y se prohibe su asociación con el alcohol. No existe científicamente valor terapéutico en la estricnina, sustancia ampliamente utilizada como veneno de ratas.

Efectos afrodisíacos fueron propuestos para la cocaína, que no pasan de la peligrosa estimulación general del sistema nervioso central con riesgo de dependencia y muerte, frecuentes por sobredosis.

 

EL SABER POPULAR

 

La nuez moscada es utilizada como estimulante en las prisiones donde suele consumirse rallada. Su uso puede producir efecto estimulante, pero a dosis próximas al envenenamiento.

Efectos afrodisíacos fueron adjudicados también al alcohol. Cuando es consumido en pequeñas cantidades previo al acto sexual, suele producir un efecto de desinhibición, principalmente en aquellos individuos más retraídos, liberando así la fantasía, una de las llaves del buen relacionamiento sexual. Cuando es consumido en grandes cantidades, sin embargo, al efecto desinhibidor sobre la conducta, se suma una inhibición sobre la erección, lo que torna su uso un arma de doble filo.

Es asimismo conocida la opinión popular de que la pimienta, la cebolla y otros condimentos tienen efectos similares, lo que generalmente ocurre es que, sustancias contenidas en los mismos, producen una vasodilatación y calor en la uretra (canal por donde se elimina la orina), sensaciones que pueden ser semejantes al despertar del deseo sexual.

 

El aumento del estado de alerta, la atención y el interés, son ingredientes necesarios para la actividad sexual. A éste nivel actúan ciertas sustancias como la cafeína, presente en el café, el té y el ginseng, y no específicamente a nivel sexual.

 

Ciertos medicamentos llamados psicotónicos ó eutónicos, como el ácido glutámico, el ácido aspártico y la colina están presentes en diferentes proporciones en conocidos medicamentos del mercado, generalmente asociados a vitaminas (especialmente la vitamina E). Pueden tener efectos sobre el metabolismo orgánico en general, y mejorar secundariamente, en el desempeño sexual, principalmente en el paciente estresado. En realidad se discute si su efecto real es en algo superior al de un placebo, esto es, el efecto producido si damos al paciente un simple comprimido de almidón o cualquier otra sustancia sin efecto farmacológico alguno, convenciéndole de que se trata de un medicamento y dejando actuar a su autosugestión.

 

En estos momentos, en Brasil están actualmente en estudio tres plantas más con presunto efecto afrodisíaco: la catuaba, la damiana y la marapuana, pero hasta el momento no hay demostración científica de un resultado efectivo (dosis segura sin efectos colaterales).

El efecto que algunos consideran como afrodisíaco, generalmente no pasa de un peligroso estímulo del sistema nervioso central que, como en el caso de la cocaína o la estricnina, puede causar una convulsión fatal. Frecuentemente, el efecto estimulante, si lo hay, está próximo a la dosis tóxica letal.

Tenemos hoy varios tipos de medicamentos con los que es posible modificar a nuestra voluntad los instintos del hombre, así, podemos actuar sobre el sueño con hipnóticos (facilitan el dormir) o estimulantes de la vigilia (es el caso de las anfetaminas que evitan el sueño). Para el apetito tenemos los orexígenos, que lo estimulan y los anorexígenos que lo inhiben. La mayoría de ellos son medicamentos controlados, y son ó deberían ser vendidos sólo con receta especial para psicofármacos.

Nada indica que el instinto sexual debe permanecer mucho tiempo más inmune a los medicamentos, pero ¿será esto aconsejable?

Recordando la definición científica ya expuesta de los afrodisíacos, decíamos que debía ser un medicamento que provocara un estímulo del deseo y desempeño sexual, seguro, selectivo y con efecto relacionado a la dosis, desprovisto de efectos colaterales importantes. Ese medicamento no existe, y cabe preguntarse, si existiera, ¿tendría beneficios sociales más allá de una satisfacción ocasional?

Debemos hacer un advertencia especial para el uso de los preparados hormonales, la testosterona, hormona masculina por excelencia, es la principal responsable en el hombre y la mujer (en la que se encuentra en muy menor cantidad) del deseo sexual. No es un afrodisíaco por ser una sustancia natural del organismo, y no es un medicamento aunque a veces la utilicemos como tal, principalmente para la reposición cuando constatamos que se encuentra baja en el organismo (previo examen de laboratorio). Podríamos decir que es el "afrodisíaco" natural.

Todo paciente con disminución del apetito sexual debe ser investigado por el especialista. Puede éste encontrar una disminución del tamaño testicular (frecuente luego de paperas o infección genital complicada), una distribución anormal del vello pubiano ó de la grasa corporal. El examen hormonal (examen de sangre) será realizado y si fuera necesario se administrará medicación a base de hormonas (testosterona) y otras sustancias.

 

Ante pacientes estresados o portadores de ciertas enfermedades, puede existir un aumento de la prolactina sanguínea, hormona que disminuye el deseo sexual, y que debe ser tratada con medicación específica.

 

Siempre se debe evitar la automedicación. Más peligrosa aún es la conducta de aquéllos (enfermeros, farmaceúticos, etc.) que prescriben preparados hormonales sin tener idoneidad para hacerlo.

Se corre así el riesgo de "frenar" la producción de hormonas por el testículo, con hipotrofia o atrofia a veces irreversible, o peor aún, despertar un cáncer de próstata quizás incipiente o estacionario.

Toda administración de medicación hormonal debe ser siempre y obligatoriamente precedida de un minucioso examen genital, prostático, cardiovascular y general, además del dosaje hormonal (examen de laboratorio). Solo así evitaremos daños, a veces irreparable, sobre personas a las que quizás pretendimos ayudar.

 

La medicina es un poco más difícil de lo que parece...